Mi abuela Concha Espina durante la Guerra Civil
Mi abuela Concha Espina durante la Guerra Civil
La guerra rompe el futuro
En Madrid ya se presenciaban las primeras manifestaciones.
Los hijos de Concha Espina Víctor y Luis se involucran de lleno en las inquietudes políticas que convulsan a toda España.
—Madre, me llamó Desiderio, para decirme que Vítora y Consuelo llegaron bien a Luzmela y que tendrán la cena preparada, para que cuando lleguemos puedas irte a descansar pronto.
Le he dicho que enciendan todas las chimeneas hoy para que se seque bien la humedad del ambiente y que dejen abiertas todo el día las ventanas.
—Tú, Luis, siempre tan pendiente de todo. Te pareces a mí….
—Madre, haremos pícnic por el camino.
—Sí claro, en cuanto pasemos Burgos, en el puente sobre el Rudrón. como siempre.
—¿Luis, tú crees que es prudente este viaje, con lo revuelto que está el país?
—Madre, hasta octubre no va a ocurrir nada, te conviene escaparte del calor de Madrid. Descansa y yo volveré a recogerte en septiembre. Tengo que estar en Berlín con Gabi, para el nacimiento, enseguida llegará Josefina para acompañarte, porque Regino tiene conciertos en Puerto Rico. Las niñas van a revolver lo bastante para que no te sientas sola.
—Bueno, yo me dedicaré a invernar…
Entre mi trabajo, la casa y el jardín… y luego están las visitas…
—¿Sabes que tu padre ha vuelto de Méjico y le han nombrado alcalde de Cabezón?
Luis no contesta.
Hace más de veinte años que Clara Campoamor se presentó en casa de Concha Espina trayéndole los papeles de divorcio listos para firmar.
Concha y Ramón nunca se volvieron a ver.
Algún viaje hizo don Ramón a España, y vio a sus hijos durante sus cortas estancias en Cabezón de la Sal, donde la familia conservaba su casa solariega.
Concha se siente incómoda por este súbito regreso.
Concha Espina se ha quedado aislada en su casa de Luzmela. Sus hijos Víctor y Luis están en el frente.
Es de noche. Una lechuza emite unos sonidos que invitan al silencio… schss… schss.
Concha está escribiendo en su cuarto a la luz de una vela.
Dos milicianos armados la vigilan.
Dos milicianos están apoyados sobre la pared de piedra que da a la puerca de la cocina.
El sonido de sus brutales palabras sube hasta el balcón abierto del dormitorio de Concha Espina, envuelto en un terrible hedor a tabaco negro.
Concha ha empujado el batiente del balcón que da al jardín y baja descalza las escaleras. Lleva escondidas dentro de su bata unas cuartillas y a hurtadillas las mete en una caja metálica que su hija Josefina ha encerrado detrás de un árbol y que cada noche vuelve a recubrir con hojarasca.
Cierra cuidadosamente el balcón que se queja al girar la manilla.
—¿Quién anda ahí? —grita uno de los milicianos empuñando la escopeta.
—¡Si no contestan, disparo!
—Soy yo, Justino, salí al jardín a tomar un poco el aire. El calor me sofoca.
—Le voy a dar yo a esa vieja con los sofocos. ¡Ay que j…!
Cualquier día la pego un tiro.
—Como le ocurra algo nos la cargamos, no sé cuántos países la están reclamando… y en la capital les contestan que nanay.
Concha respira profundamente y vuelve a su cama inquietísima.
Ha llegado el invierno.
Les han requisado los colchones, las mantas, los abrigos. Apenas tienen con qué defenderse del frío.
La poca comida que algunos paisanos le ofrecen también se la quitan, porque dicen que en el frente se necesita de todo y que hay mucha hambre.
Ella no tiene noticias de sus hijos más que a través de terceros. Ya no llegan las cartas, ni los telegramas.
De pronto llega un coche robado del que se baja un hombre uniformado con una ropa que no le va. Y sin ni siquiera descubrirse, le ordena a Concha Espina que suba al coche de inmediato.
Tiene que acompañarle a Santander.
—¿Pero ahora? —pregunta doña Concha.
No es la primera vez que una visita intempestiva se lleva a una persona de bien y que, sin más, desaparece para siempre.
Concha se despide de su pequeña familia y se aleja de su casa quizás ya por última vez.
Otras veces ya la han amenazado con fusilarla sin motivo alguno.
Se oye algún tiro en la lejanía.
Fin de la guerra.
Luis entra en Luzmela con su hermano Víctor y un pequeño regimiento. Luis lleva el uniforme de capitán de la aviación. Le ha crecido la barba y parece agotado después de llevar varios días sin dormir y viviendo a la intemperie en las montañas que rodean el pueblo, mucha gente está huyendo y corre la voz de que al día siguiente le van a pegar un tiro a doña Concha.
Ya está amaneciendo. Por el camino llegan corriendo dos chicas jóvenes envueltas en la bandera nacional.
—Luis, ¡Tu madre está bien! Mientras va corriendo a abrazarle.
—Ya se acabó, corre a avisarla que ya estoy aquí.
La segunda joven le sigue a paso ligero comentándole algunos detalles de la tremenda presión a la que habían tenido la suerte de sobrevivir.
—Tu madre está delgada, parece más joven.
Nosotras la hemos visitado todo lo que nos han dejado y la hemos llevado huevos y leche a casa, aunque los milicianos se llevaban todo y casi no nos dejaban nada para el consumo nuestro.
También el carnicero de Torrelavega le traía carne, a escondidas.
Luis metiéndose la mano en el bolsillo saca un trozo de chocolate.
—Tómatelo, te dará fuerzas. Y enseguida te sentirás mucho mejor. Tiene mucho potasio y magnesio y con el azúcar surte un efecto casi inmediato.
Yo he sobrevivido con lo que falta…
—Gracias, guardaré la mitad para mi hermana. Como te iba diciendo… ¡Uy! Está de rechupete. ¡Muchísimas gracias! A tu madre, como ya sabes, no hay nada que se le ponga por delante y nunca se queja, pero creo que anda mal de la vista y las nietas le leen por la noche cuando hay falta de luz. Ella persevera en seguir escribiendo. Sigue tan alegre y jovial como siempre, dice que no puede dejar de rezar por vosotros y que su fe la mantiene alerta y vital.
Luis ha llegado a la puerta de la casa de su madre que está en la plaza y toca la aldaba con fuerza para anunciarse.
—Gracias niñas… ya subo a verla.
Pero Concha ya había bajado las escaleras y estaba abriendo la pesada puerta blindada de la casona.
—¡¡¡Luis!!!
—Madre.
A las pocas semanas, cuando ya todo ha vuelto poco a poco a su orden y parece haberse disipado el terror, una avioneta sobrevuela el jardín de Luzmela.
Concha se asoma al balcón de su cuarto exclamando
—¡Es Luis!
Y Luis desde la ventanilla le grita soltando un paquete:
—Madre. ¡Café y azúcar!
Concha Espina, debido a la mala alimentación y al esfuerzo de seguir escribiendo con la leve luz de una vela ha desarrollado unas cataratas que apenas le dejan distinguir lo que escribe.
Luis la lleva a Barcelona para que la opere el doctor Barraquer compañero suyo de las épocas de la escuela de medicina. Pero Concha es demasiado inquieta y no guarda el reposo necesario impuesto en esa época para una operación de semejante envergadura.
La escritora sufre un doble desprendimiento de retina que la deja definitivamente ciega.
Diez años después, la hija de Luis le pregunta:
—¿Madrina, de verdad que no puedes ver nada?
—No nena. Solo si miro hacia el balcón veo como un resplandor.
—¿Y yo puedo jugar a ser ciega?
—Ven, acércate a mi lado, nena Conchita.
Concha de la Serna
Nieta de Concha Espina
Testimonios de la Guerra Civil: Wenceslao Fernández Flórez y Concha Espina
